Cuando quien hizo daño también fue víctima: comprender el contexto sin borrar la responsabilidad
Algunas personas que participaron en hechos violentos fueron antes víctimas de reclutamiento, coerción o adoctrinamiento. Reconocer esa historia no borra el daño causado, pero puede ser indispensable para construir verdad, reparación y garantías de no repetición.

En los conflictos armados, la violencia política, las organizaciones coercitivas y ciertas estructuras criminales, las categorías de víctima y responsable no siempre aparecen completamente separadas.
Una persona puede haber sido reclutada siendo menor de edad, separada de su familia, sometida a amenazas o expuesta durante años a una visión del mundo en la que la violencia se presentaba como necesaria.
Posteriormente, esa misma persona puede haber participado en acciones que causaron sufrimiento a otros.
Aceptar esta complejidad produce incomodidad porque desafía una división aparentemente sencilla: de un lado, quienes padecieron el daño; del otro, quienes lo causaron.
Sin embargo, comprender una trayectoria no equivale a borrar la responsabilidad.
Explicar cómo una persona llegó a causar daño no significa afirmar que el daño era inevitable, correcto o irrelevante.
Dos verdades pueden coexistir
Es posible reconocer que alguien fue víctima de reclutamiento, coerción o manipulación y, al mismo tiempo, examinar los actos por los que debe responder.
Negar cualquiera de esas dimensiones debilita el proceso.
Cuando solo se observa su victimización inicial, existe el riesgo de invisibilizar a las personas que sufrieron posteriormente por sus acciones.
Cuando solo se observa su participación en la violencia, se pueden ignorar los mecanismos mediante los cuales organizaciones y contextos sociales convierten a personas vulnerables en instrumentos del conflicto.
La madurez social consiste en poder sostener ambas verdades sin utilizarlas para anularse mutuamente.
Comprender no es justificar
Justificar significa presentar un acto dañino como aceptable o eximir automáticamente a la persona de toda responsabilidad.
Comprender significa investigar las condiciones, decisiones, presiones y narrativas que hicieron posible ese acto.
Esta diferencia es esencial.
Una sociedad que no comprende cómo se produce la violencia queda menos preparada para prevenirla. Pero una sociedad que utiliza el contexto para hacer desaparecer la responsabilidad también abandona a las víctimas.
No todas las responsabilidades son iguales
Reconocer diferencias no significa relativizar el daño.
No tiene la misma responsabilidad quien diseñó una estructura de violencia, quien se benefició de ella, quien dio órdenes, quien actuó bajo amenaza directa o quien fue reclutado cuando todavía era menor de edad.
Un proceso serio debe analizar:
- Grado de poder.
- Capacidad de decisión.
- Edad.
- Permanencia dentro de la organización.
- Beneficios recibidos.
- Nivel de coerción.
- Participación concreta.
- Posibilidades reales de abandonar la estructura.
Tratar todas las trayectorias como idénticas puede producir una apariencia de igualdad, pero no necesariamente justicia.
Al mismo tiempo, haber sufrido coerción no convierte automáticamente en inocua cualquier acción posterior. Cada caso necesita una evaluación rigurosa, evitando tanto la condena indiscriminada como la absolución simplista.
Las víctimas deben permanecer en el centro
Comprender la historia de quien causó daño nunca debe obligar a la víctima a reducir, explicar o perdonar su sufrimiento.
La víctima tiene derecho a:
- Ser escuchada.
- Recibir información.
- Proteger su seguridad.
- No participar en encuentros.
- Rechazar una reconciliación.
- Establecer límites.
- Exigir que la responsabilidad no desaparezca detrás de una explicación psicológica o social.
La reconciliación no puede convertirse en una expectativa moral impuesta sobre quien sufrió el daño.
Incluso dentro de procesos restaurativos, el encuentro directo no siempre es apropiado. Puede existir reparación sin contacto personal y reconocimiento sin reconciliación.
Cómo actúan el adoctrinamiento y la deshumanización
Las estructuras violentas suelen crear narrativas cerradas. Dividen el mundo entre aliados y enemigos, presentan la obediencia como virtud y reducen la capacidad de reconocer la humanidad de quienes están al otro lado.
Con el tiempo, una persona puede dejar de percibir al otro como un individuo con historia, familia y derechos. Lo transforma en una categoría: enemigo, traidor, amenaza o estorbo.
Romper estas narrativas no consiste únicamente en entregar información diferente. Exige procesos mediante los cuales la persona pueda:
- Examinar críticamente lo que aprendió.
- Reconocer las consecuencias de sus actos.
- Recuperar criterios propios.
- Escuchar otras experiencias.
- Desarrollar formas no violentas de pertenencia.
- Construir una identidad que no dependa del enfrentamiento.
Esto requiere tiempo. No se produce mediante una conversación aislada ni por el simple hecho de abandonar una organización.
La responsabilidad debe orientarse hacia la no repetición
Una responsabilidad puramente declarativa puede quedarse en palabras.
La sociedad necesita señales concretas de transformación:
- Colaboración con la verdad.
- Reconocimiento específico del daño.
- Cumplimiento de compromisos.
- Distanciamiento verificable de estructuras violentas.
- Participación en procesos de reparación.
- Reconstrucción de vínculos comunitarios.
- Acciones que reduzcan el riesgo de repetición.
La pregunta no debe ser solamente si la persona afirma estar arrepentida, sino qué está haciendo de manera sostenida con ese reconocimiento.
Una reflexión con aplicación global
Este análisis no pertenece exclusivamente a un país.
Puede aplicarse a menores reclutados por grupos armados, jóvenes captados por organizaciones extremistas, personas sometidas a coerción criminal, integrantes de grupos violentos y comunidades que intentan reconstruirse después de conflictos políticos, étnicos o religiosos.
Los nombres de las instituciones cambian, pero permanecen preguntas universales:
- ¿Cómo protegemos a las víctimas?
- ¿Cómo establecemos responsabilidades diferenciadas?
- ¿Cómo impedimos que la violencia vuelva a reproducirse?
- ¿Cómo reintegramos sin negar lo ocurrido?
- ¿Cómo reconstruimos una convivencia que no dependa del olvido?
¿Qué puede aportar PACTO?
PACTO puede contribuir a organizar procesos de comunicación en contextos de reparación, reintegración y convivencia, pero debe hacerlo con límites estrictos.
Puede facilitar, cuando sea apropiado:
- Preparación de conversaciones.
- Identificación de necesidades y límites.
- Formulación de compromisos.
- Registro de acuerdos voluntarios.
- Coordinación entre personas, familias, profesionales e instituciones.
- Seguimiento de procesos de reparación relacional.
Conclusión
La comprensión sirve a la justicia cuando ayuda a establecer responsabilidades más precisas, prevenir la repetición y construir caminos de transformación.
Deja de servirla cuando se utiliza para silenciar a las víctimas o hacer desaparecer las consecuencias.
La pregunta más rigurosa no siempre es «¿fue víctima o responsable?». En algunos casos, la respuesta será: fue víctima en una etapa de su historia y responsable de decisiones o acciones posteriores.
El trabajo social consiste en abordar ambas realidades con verdad, protección y responsabilidad.
PACTO desarrolla herramientas para apoyar procesos de comunicación, reparación y convivencia sin sustituir a la justicia ni comprometer la seguridad de las personas.
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Sobre el autor
Ricardo Pineda Vélez
Psicólogo · Fundador de PACTO Resolución
Psicólogo de la Universidad Pontificia Bolivariana y fundador de PACTO Resolución. Acompaña conversaciones difíciles desde una mirada humanista, relacional y orientada a la construcción de acuerdos sostenibles.
Revisión editorial
Equipo PACTO Resolución
Contenido revisado desde una perspectiva psicológica, relacional y de resolución colaborativa de conflictos.


